COP30 La historia interminable

COP30 en Belém: La crónica persistente de oportunidades desaprovechadas

La COP30 concluyó en Belém, Brasil, dejando nuevamente la sensación de que, a medida que se multiplican las conferencias climáticas, su impacto real en el rumbo del planeta es cada vez menor. Surge la duda de si aún tiene sentido hablar de una «conclusión» o si debemos verla como un nuevo capítulo de una historia interminable: grandes compromisos declarados, pequeños avances concretos, mientras los cambios reales solo se reflejan en el clima.

Esta COP, presentada como la «COP de la verdad», terminó pareciendo un ejercicio al estilo Leopard: «Cambiar todo para que nada cambie». El tema más emblemático fue la hoja de ruta para la eliminación gradual de los combustibles fósiles, mencionada finalmente de forma clara —como principal causa de las emisiones que alteran el clima— en los documentos preparatorios. Sin embargo, este avance llega tarde: ya en 1995, durante la primera COP en Berlín, se conocía, debatía y reconocía políticamente la relación entre los combustibles fósiles y el calentamiento global. Tras casi treinta años, esa misma hoja de ruta ha sido eliminada del texto final, sacrificada en favor de los países productores de petróleo, que se libran así de asumir compromisos reales.

Un escenario común: agitación, debate intenso, discusión y exposición ante la opinión pública internacional, que culmina en el último día con una fórmula diluida, negociada hasta el último minuto para mantener las apariencias, aunque sacrificando la eficacia.

Entre los desafíos más urgentes está la necesidad de recursos financieros para apoyar a los países más afectados por la crisis climática. La petición de un aumento significativo en la financiación sigue siendo, por ahora, una promesa que se evaluará «más adelante». El monto pendiente es de 300 000 millones de dólares hasta 2035, una cifra que, aunque parece alta, pierde importancia al ponerla en perspectiva: es apenas una fracción del salario de una sola persona —el billón asociado a Elon Musk— y resulta insignificante en comparación con el gasto militar global o las pérdidas económicas derivadas de los conflictos actuales.

Algo está cambiando, eso es indudable: un conjunto de países dispuestos está impulsando con determinación la transición energética y las inversiones en energías renovables. Sin embargo, la realidad es más compleja de lo que aparenta. En última instancia, cada nación prioriza sus propios intereses, lo que a menudo conduce a decisiones controvertidas, como la excesiva dependencia de los biocombustibles. Su producción a gran escala exige vastas extensiones de tierra, generando impactos ambientales y sociales significativos, especialmente en regiones tropicales.

Resulta complicado mantener el optimismo mientras las decisiones colectivas sigan condicionadas por los intereses económicos de unos pocos, y las consecuencias de la crisis climática afecten a muchos: comunidades rurales, poblaciones costeras, territorios vulnerables, y también a todos nosotros, que habitamos el mismo planeta y compartimos la misma biosfera.

La Cumbre de Belém concluye sin un fracaso total, pero tampoco logra cumplir la promesa de un cambio histórico decisivo. La inercia diplomática persiste, al igual que la espera de una conciencia política que siempre parece aplazada.

Nos vemos en la COP31. Y luego en la 32, la 33… hasta la COP∞.

Esperando que, tarde o temprano, el clima no termine por escribir el más dramático de los documentos finales por sí mismo.